Jugando…

…en modo friki.

Esto es un tema que nunca comenté en mi anterior blog (salvo una excepción, creo) por considerarlo no adecuado al espíritu algo pretencioso de su línea editorial (si es que tuvo). Pero el caso es que me gustan los videojuegos. Bastante.

Desde siempre he tenido relación con las maquinitas como las llamaba mi abuela. De pequeño, los recreativos eran un local privilegiado en mi barrio, donde se reunía la flor y nata del barrio (en este caso, debería ser el cardo y poso del barrio). Todos los chavales queríamos ir allí a demostrar nuestra habilidad o a echar un ratillo en esos juegos alucinantes. Aunque nunca fui bueno, lo pasaba bien.

Después, conseguí una consola, la NES. Nunca pude aprovecharla bien ya que los juegos costaban una cantidad desproporcionada para mi edad, así que tuve que subsistir con una donación de mi primo y de los juegos que nos alquilábamos los fines de semana. Luego cayó en el olvido cuando mi primo se compró la SNES, ya que se la traía a casa en ocasiones.

También tuve juegos de ordenador más tarde, pero básicamente eran piratas y jugaba un poco hasta que me atascaba demasiado y pasaba a otro. Los CD-mix fueron mi fuente de juegos. Como digo, pocos de ellos me mostraron más que su superfície, ya que yo no rascaba lo suficiente. Un jugador casual como se dice ahora. La Playstation entró en mi casa gracias a mis malas artes, que convencieron a mi hermana de que la pidiésemos a pachas para Navidad. Nunca llegó a aprovecharla nada, algo de lo que se encargó de señalar en varias ocasiones.

Habría una lista muy limitada de juegos que me hubiese pasado o a los que hubiese dedicado algo de tiempo e interés. La cosa es que al mínimo contratiempo o dificultad, terminaba abandonándolos. Pero eso cambió con el que creo ha sido el mejor juego que he jugado nunca: Red Dead Redemtion.

No hablaré del juego en sí porque hay multitud de análisis en la red que lo han hecho mejor de lo que yo podría hacerlo. Lo que quiero comentar es que a partir de este juego fue cuando comencé a ver los videojuegos y su mundo como un arte, además de un pasatiempo. Por supuesto, no todos los juegos se pueden meter en la categoría de arte ni todos son grandiosos, pero es un terreno donde se pueden contar grandes historias, o buenas historias. Y comencé apreciarlos de otra manera.

Tanto es así que me falta tiempo para dedicarlo a los juegos. Tengo muchos más intereses y debo dividir el tiempo. Pero ahora mismo, estoy recuperando grandes clásicos que no jugué en su momento (y que incluso ni conocía). Es interesante ver estos juegos con la perspectiva del tiempo y hay que reconocer que algunos envejecen muy bien. Los hay que son simplemente divertidos, además de que me traen recuerdos de infancia. El caso claro son los Metal Slug. Los tengo emulados en la PSP y ya me he pasado casi toda la saga. Haciendo trampas, claro, usando vidas infinitas. Pero hay que tener en cuenta que estos en concreto eran de recreativa, es decir, que estaban diseñados para sacar todo el dinero posible a nosotros, los pobres chavales con menos de 100 pesetas en el bolsillo.

También estoy comenzando a buscar antíguas aventuras gráficas de ordenador. Algunas las jugué, como el genial Monkey Island II que me pasé junto a mi primo, en fines de semana alternos que era cuando venía a casa. Recuerdo los grandes momentos cuando nos juntábamos tras pasar dos semanas sin tocar el juego, pero dándole vueltas a los puzzles que nos tenían atascados, y conseguíamos resolver los enigmas y avanzar en la historia.

Otras aventuras gráficas eran desconocidas para mí, como la saga King’s Quest que estoy comenzando. En este caso, lo que realmente me atrae es la historia, que suele ser interesante, divertida o las dos cosas a la vez. En el punto de mira tengo también el grandioso The Day of the Tentacle, continuación de The Maniac Mansion (que nunca llegué a jugar a fondo), que es otro grandísimo juego por su historia cachonda que, además, incluye viajes en el tiempo (que es, con diferencia, lo que más mola en cualquier historia).

Como colofón final para el proceso enfermizo en el que me estoy metiendo, el otro día conseguí una puja en eBay por un Amstrad CPC. No tengo claro qué quiero hacer con él una vez haya trasteado algo con la programación del ordenador y haya hecho un par de chorraditas, pero la curiosidad por cacharros que estaban en boga cuando era pequeño y no tenía el interés aún formado, es más fuerte que mi sensatez. No sé cómo acabará esto, quizá acumulando juegos y trastos viejos, a lo que ha ayudado mucho mi afición a leer blogs sobre coleccionismo de juegos y análisis de sistemas antíguos, como Tentáculo Púrpura o El Blog de Pedja. Lo retro está de moda, pero me puede salir cara la broma. Quizá el objetivo final de todo esto sea terminar creando mi propio videojuego, ya sea con los programas que ya hay para ello o picando código. Pero es algo que sí me gustaría. Quién sabe.

Mientras tanto, os recomiendo la web de Locomalito, un desarrollador independiente que regala sus juegos. Al menos esto no cuesta nada, así que animaros a echar unas partidas a Maldita Castilla. Un juegazo homenaje al clásico Ghost’n’Gobblins al que tantas monedas seguro que echásteis en su tiempo en los salones recreativos.

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