Tu casa está donde esté tu mente

Es raro: llegar tras un largo viaje de vuelta de vacaciones y decir “¡ya estoy en casa!”. Y estar en un país que no es el mío con un idioma que no entiendo. Pero ahora es mi casa. Esta mañana estaba en la casa donde vivía con mi hermana en Madrid, con mi gata y mi habitación, y ahora estoy en mi casa en Praga. Y es mi casa. No sé si viviré aquí mucho tiempo o no. Pero he vuelto a casa y eso es una verdad innegable. También es extraña.

Quizá es que mi generación ha sido bombardeada desde el principio con la idea de que el objetivo vital es conseguir un piso en propiedad y construir la vida alrededor de eso. Y generalmente, la idea predominante es que la casa estará en la ciudad donde has nacido. Quizá por eso el drama de los expatriados debido a la crisis, es más drama si cabe, porque significa que te han robado la vida que mereces, que consiste en conseguir independizarte en tu propia ciudad o país.

Aunque también es cierto que se nos animaba desde antes de 2008 a salir fuera para ver mundo, aprender y ser más europeos, se consideraba como una experiencia vital, pero temporal. Y ahora es evidente que no va a ser así. Reconozco lo que me costó aceptar el hecho de que tenía que salir del país a trabajar, dejando la comodidad de seguir viviendo en la ciudad que me vio nacer. Estuve días buscando cualquier excusa o motivo, justificado o no, para rechazar la oferta de trabajo. Los motivos que encontré fueron que me ofrecían un sueldo de recién licenciado cuando habían pasado un par de años desde que acabé; el idioma del país era algo totalmente ajeno para mí -y sigue siéndolo, aunque menos- y eso me “impediría” vivir en ese lugar; hacía mucho frío… Casi la rechazo usando todos estos motivos. Pero lo cierto era que: aunque tuviese experiencia laboral, no tenía verdaderos conocimientos de programación en C++ ni de desarrollo de software científico, con lo que si no no podía ofrecer un trabajo de alta calidad, no podía exigir un sueldo mejor (un trabajo es un trueque: yo hago algo, me pagan por ello, no lo olvides); en el trabajo se habla inglés, es un proyecto europeo, y si los demás pueden vivir aquí sin conocer el idioma, yo también; y en Madrid hace mucho calor y si los checos no se mueren en invierno, yo tampoco.

Finalmente acepté. Una de las mejores decisiones de mi vida, aceptar la mejor oportunidad que se me ha ofrecido, pero que a punto estuve de tomar equivocadamente. Aún así, mi mentalidad seguía siendo la del turrón: vuelve a casa por Navidad. Es decir, estaba mentalizado de volver a España en cuanto acabase el contrato, pensando que con esa experiencia no me sería difícil encontrar trabajo allí, a pesar de la situación. Mi cabeza seguía en casa. Mi casa estaba en Madrid.

Pero no se puede ser ciego a lo obvio durante mucho tiempo, salvo que nos neguemos conscientemente a aceptar lo evidente. Y lo evidente era que al volver de esta experiencia encontraría trabajo en España, muy probablemente en Madrid, en alguna consultora dedicada a la tecnología o algo parecido. Pero también era evidente que tendría una situación precaria de por vida, con sueldos bajos y horarios infernales que aguantaría sólo por la promesa de conseguir un puesto mejor, con mayor salario, pero con mayores responsabilidades y peor horario. Un esclavo feliz porque “al menos, tendría trabajo”.

El mayor reto al que creo que se puede enfrentar una persona en su vida es a salir de la zona de confort en la que nos hemos instalado. Obviamente en España nos están sacando de allí a fuerza de decreto-ley, pero aún así, tendemos a no abandonar la zona familiar, de seguridad, por el miedo a situaciones que eran cotidianas pero ahora son auténticos retos: encontrar un dentista que hable inglés, solicitar la tarjeta de transportes, explicarle a un revisor que no habla inglés que sí que hemos pagado el abono del mes -pero que no se ha cargado en la tarjeta correctamente-, preguntar cualquier cosa en la carnicería o en el quiosco…

La cuestión es que una vez sales de esa zona de seguridad y descubres que no pasa nada, una vez que empiezas a conocer gente usando métodos que no usabas desde parvulario -acercarse a alguien y decir hola es más efectivo de lo que cualquiera pensaría-, una vez te haces a lo básico de tu nuevo trabajo y descubres que es muy cercano a lo que siempre quisiste hacer… la vida empieza a resultar emocionante. Ir a comprar cualquier cosa se convierte en la pequeña aventura del día; resolver dudas de cómo usar el transporte o incluso encontrar el cuarto de las basuras en tu mismo apartamento termina siendo una historia sobre comunicarse por signos y gestos con la gente, de caminatas furtivas para tirar las bolsas que ya huelen en contenedores ajenos y de pequeñas victorias cuando por fin consigues entenderte con alguien que te explica dónde están o cómo se escribe en checo “cuarto de los cubos de basura” -suponiendo que sea eso lo que realmente significa, pero he decidido que sí-. Cuando eso ocurre, tu mente coge un avión desde casa y cuando te quieres dar cuenta, se ha instalado contigo en el nuevo país y tu casa se traslada con ella. Yo soy de Madrid. Pero mi casa está en Praga.

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