La Racionalizacion de los Sentimientos

Nos movemos mas por impulsos que por razonamientos. Pensamos que al ser más racionales que otros animales, somos capaces de evitar la trampa de los impulsos, de los sentimientos y de las reacciones primitivas. Pero creo que estamos equivocados y que nuestra mayor capacidad de raciocinio nos permite justificar a posteriori acciones llevadas a cabo de forma impulsiva, basadas en las pulsiones e instintos. Creo que los departamentos de marketing saben bastante de esto. Ocurre entonces que nos encontramos con conflictos internos que tenemos que resolver: para qué me he comprado esto, si racionalmente no lo necesito; porqué actué así con esta persona, si racionalmente no debería haberlo hecho… Cualquier faceta de la vida es susceptible de provocarnos estos conflictos. Pocas situaciones hay donde sea la razón pura la que actúe sin influencia de los instintos. Pongamos ejemplos.

No se dónde lo leí por primera vez, pero es bastante conocido un truco para saber, ante una elección entre dos situaciones, cuál queremos realmente. Si no tenemos claro de dos opciones cuál deberíamos seguir, probablemente se deba a que los impulsos se interponen a la razón, porque no creo que haya muy a menudo dos situaciones que sean exactamente iguales desde el punto de vista lógico. Y si las hubiese y fuésemos capaces de reconocerlas, nos daría igual el resultado y no habría dudas. El caso es que ante estas situaciones, cogemos una moneda y a la cara le asignamos una de las opciones y a la cruz otra. Lanzamos la moneda y según veamos lo que ha salido tenemos que estar pendientes de la sensación que nos provoca: si sentimos alivio o alegría, claramente era la opción que queríamos elegir; si no, si sentimos decepción, es porque realmente queríamos elegir la otra. Sabiendo que los impulsos o los sentimientos nos nublan el juicio o sesgan nuestra decisión, ya podemos tomar las medidas necesarias para intentar elegir de forma más adecuada.

Esto lo hacemos con todo, pero en especial cuando se trata de hacer algo que nos va a suponer un esfuerzo de algún tipo, o un sacrificio, a cambio de algo que no es necesario realmente. Más en concreto, cuando nos compramos caprichos que no necesitamos, solemos racionalizar en la medida de lo posible la elección. Este post es una racionalización a posteriori. El modelo más grande le encantó por como funcionaba y cómo le hacía sentir mientras lo usaba, pero si siempre había defendido un tamaño menor en los móviles (y según dice lo sigue defendiendo en dispositivos que no sean de Apple), sentía la necesidad de encontrar argumentos racionales para ese cambio de elección. Sentía la necesidad de justificar de forma racional y con argumentos algo que se basaba esencialmente en sensaciones y emociones. No basta con decir que uno se siente más atraído hacia un cacharro más grande, hacia algo con un diseño que racional y previamente, antes de usarlo y sentirlo, habíamos rechazado de forma lógica -demasiado grande para una mano, poco manejable, absurdo que cada vez los móviles sean de mayores dimensiones, no es cómodo de llevar-. Hay que re-racionalizarlo.

Nos pasa a todos. Y pasa en todos los ámbitos, pero sobre todo en aquellos donde identificamos nuestra elección con nuestros principios y valores como personas. Donde nuestra personalidad está basada en la elección que hemos hecho. La política es un caso paradigmático. En muchas ocasiones, rechazamos ideas simplemente porque vienen del contrario, del “enemigo”, aquel del que no esperamos nada bueno. La política es como el fútbol: racionalizamos unas elecciones que están basadas en sentimientos más que en argumentos. Por eso ocurre que siempre se encuentran razones positivas para defender lo nuestro y argumentos negativos para justificar el rechazo a lo opuesto. El ejemplo que ponía de la política es muy claro para mí. Lo he visto multitud de veces. Un político dice algo, propone una idea, y automáticamente aparecen aquellos de la bancada opuesta con argumentos y razones por los que la idea es pésima; explicaciones de como pretenden imponer su ideología usando esa idea. En lugar de debatir los pros y los contras, de plantear posibles formas de aplicar la idea, de hacerla viable, se comienzan a debatir las razones que llevan al otro a apoyar o rechazar esa idea. Y sólo son razones negativas.

Como ejemplo práctico voy a poner una idea polémica que planteó Esperanza Aguirre mientras era Presidentísima de la CAM: el bachillerato de excelencia. El debate que siguió a su propuesta no fue si había ventajas en ese bachillerato, ni si merecía la pena el esfuerzo que suponía económico respecto a las ventajas que podría tener desarrollar una élite intelectual; tampoco se trató de plantear las dificultades que supondría elegir correctamente a los beneficiarios sin caer en sesgos debidos al hecho de que alumnos con familias desestructuradas tenían más difícil desarrollar sus cualidades. No. Se planteó que pretendía instaurar la educación de calidad superior para los ricos y segregar a los pobres en la educación estándar; se planteaban idearios en los que está mal que el que destaque intelectualmente tenga más oportunidades de desarrollarse y el argumento de que teniendo juntos a todos los alumnos, los mejores ayudaban a los peores, algo que quién haya ido a un instituto público sabe que no es cierto, los peores alumnos lastran al resto de forma notable.

La cuestión era de ideologías, no de razones. No se debatía la forma particular que se planteaba para instaurar ese bachillerato, puesto que entonces sólo se había lanzado la idea. Se partía de ideas, sentimientos, y se racionalizaba a posteriori. Los que estaban en contra, buscaban argumentos para estarlo; los que estaban a favor, hacían lo propio. Otro día comentaré, si interesa, porqué me parece que es una idea a tener en cuenta y porqué me parece hipócrita estar en contra totalmente de esta propuesta pero apoyar sin problemas los centros de alto rendimiento deportivo (parece que puedes ser un torpe incapaz de coordinar correctamente pies y manos, que nadie se ofende, pero plantear que eres menos listo que otro es una gran afrenta contra la dignidad de las personas). Pero la idea que planteo es que este debate, como muchos otros, estaba plagado de argumentos tardíos, de lógica retroactiva, para defender una posición que es prácticamente inamovible.

En definitiva, somos más irracionales de lo que nos pensamos. Estamos dominados por pasiones y sentimientos primitivos que cubrimos con varias capas de “racionalidad” y conocimiento, reglas sociales (que a su vez tienen mucha base animal) que parecen convertirnos en más humanos, sea lo que sea eso. Pero todo orientado a distanciarnos de lo salvaje, de lo animal, de lo irracional. Desde los debates políticos, pasando por el fútbol, la igualdad, la religión y la ciencia, estamos ocultando una irracionalidad mayor de la que somos capaces de aceptar, usando esta lógica que nos hace creer que hemos actuado usando la razón, eligiendo lo sensato y con cabeza. Pero al final, resulta que es una ilusión en muchos casos, y ser consciente de ello creo que ayuda bastante. No a tomar mejores decisiones ni más racionales, sino a aceptar que nos vamos a equivocar, que vamos a elegir cosas no racionales, y asumir las consecuencias.

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