El Estado y Tomar las Riendas de tu Vida

Siempre me he considerado solidario y he creído en que el papel del estado es el de proporcionar ciertos servicios que, de otra forma, serían muy caros o estarían lejos de las posibilidades de las personas. También he creído que el estado tenía la obligación de solucionar los problemas de los trabajadores cuando las cosas venían mal dadas, como en crisis, cuando te quedas en paro, etc. Pero mi pensamiento ha ido evolucionando y, aunque sigo pensando que hay unos pilares básicos que debe asegurar, otras cosas las veo fuera de lugar. ¿Qué es el estado? En realidad, no es más que un acuerdo tácito entre los ciudadanos por medio del cual, y a través de las elecciones, se eligen a unos representantes para que tomen decisiones a nivel global. Se les dota de recursos (impuestos mediante)  para que organicen ciertos aspectos de la vida común que individualmente no se podrían solucionar. No es un ente con obligación de salvar a nadie, no es una institución que tenga unas obligaciones universales de salvaguardar a los que no tienen ni a los que les va mal porque han cometido errores. Entonces, ¿qué función debería tener?

Pues esencialmente tres, desde mi punto de vista: sanidad, educación y seguridad ciudadana. Debería proporcionar de manera eficiente estas 3 soluciones a todos los ciudadanos. No voy a entrar si lo hace ahora mismo (no, no lo hace) ni cómo debería hacerlo para ser mejor. Lo que quiero tratar es de cómo, por algún motivo, la idea de estado ha ido evolucionando hasta el punto en que la gente considera que debería solucionar los problemas de los ciudadanos y cómo yo no creo que esto sea así.

Quién es el Estado

Pues los que lo controlan son los políticos, eso lo sabemos. Pero ¿quién conforma el estado, como ente? Los ciudadanos, mediante el pago de los impuestos. Se supone que hay un acuerdo tácito, en principio plasmado en la constitución, en el que establecemos las obligaciones de un estado.

Quizá de ahí viene la creencia de que el estado ha de solucionar los problemas de los ciudadanos: el derecho a la vivienda, el derecho a trabajar, etc. Sin embargo, un estado no es una red protectora para cualquier circunstancia ni para cualquiera. Me explico. La sanidad debería ser proporcionada por el estado a través de los impuestos, porque es una forma más eficiente de proporcionar tratamientos y procedimientos médicos, construir hospitales y ofrecer una cantidad de servicios que redundan en todos (como la vacunación, por ejemplo) y que uno sólo no se podría permitir. O bien, porque una empresa privada no podría tampoco permitirse ofrecer a sus abonados. Pero esto no significa que el estado sea responsable, ni deba serlo, de la salud de sus ciudadanos en general. Si tomo la decisión de viajar a un país con un riesgo alto de salud, ya sea por enfermedades para las que no hay vacunas o tratamiento, o por hacer actividades de alto riesgo, soy responsable de mi propia seguridad y debo contratar un seguro de accidentes, o jugarme el tipo. Si decido trabajar en zonas peligrosas, ya sea como voluntario o como trabajador, en las que puedo enfermar, o ser atacado o ser secuestrado por alguien, la responsabilidad es mía y no debo cargar con ella al estado.

Respecto a la seguridad, jurídica en concreto, creo que el estado también representa ese pacto entre los ciudadanos de dotar al sistema, o mejor dicho, al entorno, de reglas de juego para que todos tengamos las mismas oportunidades a la hora de participar. Estaremos probablemente de acuerdo en que esto suena a utopía en España, ya que no es que no sea cierto, sino que es más bien lo contrario. Las reglas de juego están trucadas.

Igualdad de Oportunidades no es Igualdad de Resultados

Pero suponiendo que cambiásemos las cosas tal y como están, y consiguiésemos redactar de nuevo esas reglas de juego, la idea es que tengamos las mismas oportunidades de actuar. Eso no significa, en ningún caso, que el estado deba proporcionar a todos las mismas recompensas. No es así. No se trata de quitarles a los que tienen y dárselo a los que no tienen porque sí. Se trata de que todos podamos empezar nuestro trabajo, idea, empeño o tarea con las mismas posibilidades de éxito. Pero el resultado depende de cada uno, el que mejor lo haga, el más preparado o el que haya dedicado más esfuerzo en la dirección correcta, se debe llevar lo que se merece, que suele ser más. Así, en un sistema con reglas justas, habrá gente que tendrá más y gente que tendrá menos; gente que conseguirá mucho éxito y dinero y gente que sobrevivirá mes a mes. Y eso es justo, siempre que las reglas lo sean.

Quitarle dinero al que ha conseguido más con su esfuerzo para dárselo a aquél que no lo ha hecho, no es más justo que lo anterior, sino menos. Si alguien decidió no ahorrar, malgastar sus ahorros, vivir la vida a tope y ahora no tiene recursos, justicia no es coger dinero del que supo esforzarse, del que se arriesgó y del que produjo resultados buenos con su trabajo para dárselo al primero. Por eso no creo en la idea de que si eres rico o tienes éxito es porque has pasado por encima de otros. Creo que es porque lo has hecho mejor, simplemente. Claro que en la realidad las reglas no son justas, así que ese es el primer problema a solucionar en este caso: la seguridad jurídica.

Como extra al párrafo anterior, entiendo el hecho de que se decida crear entre todos una red de seguridad para aquellas personas que caen, por el motivo que sea, y que se quedan sin recursos. Por eso creo en el sistema social que ayuda al que pierde su trabajo, creo en las ayudas a la discapacidad, a las ayudas por enfermedad, etc. Pero esto no debe confundirse, y se hace en demasía, con que el estado sea responsable de las cosas malas que le ocurre a la gente. No creo que el estado, que en teoría somos todos, deba pagar las consecuencias de la irresponsabilidad de la gente: pagar rescates por ciudadanos secuestrados en otros países, devolver el dinero a las personas que han caído víctimas de estafas, dar una casa o un trabajo a quién lo ha perdido… Hay muchos casos particulares, pero creo que se entiende el punto. En esencia, que mucha gente ha traspasado su responsabilidad personal al propio estado, de forma que piden y piden incluso cuando la responsabilidad de lo que les ha pasado es suya.

El papel del estado en este caso sería establecer el marco en el que se propicie la creación de empleo y de oportunidades; facilitar el que la gente pueda desarrollar su vida de la forma que considere oportuna, ya sea trabajando, ya sea emprendiendo o montando una empresa. No es obligación del estado crear empleo, ni dar dinero ni solucionarle la vida a nadie. La gente pretende que el estado garantice la estabilidad de sus vidas para siempre, y eso es algo absurdo y irrealizable. Aunque España no hubiese sido el coño de la Bernarda, como estamos viendo que ha sido (y es), es imposible que nos garanticen seguridad vital para siempre. Y ahí entramos en el siguiente apartado.

 Tomar las Riendas

Cuando alguien decide tomar las riendas de su vida hay ciertas cosas a las que renuncia de manera voluntaria. Renuncia a creer que tiene derecho a que le den un trabajo, porque tener derecho a trabajar no significa que se tenga derecho a un trabajo. Un puesto de trabajo concreto no es un derecho fundamental, sino que ha de ser un derecho adquirido. Cuando alguien te contrata lo hace porque tu, como trabajador, has de realizar algo a cambio del dinero que te entregarán a fin de mes. Y si hay alguien mejor que tú, por mucho que te guste el trabajo, o por mucho que creas que te mereces el mismo y un sueldo mayor, la realidad es que no es así. La idea predominante hoy en día -desde hace tiempo- es que cualquiera tiene derecho a que le den un trabajo. No importa lo poco que trabaje, lo mediocre que sea en el mismo ni la falta de motivación que le ponga. Parece obligación de la empresa el pagar a esta persona que, si tiene el día bueno, pues igual trabaja. Obviamente, en nuestro país sabemos cuál es la realidad: hay mucho empresaurio que se encarga de justificar que alguien no esté motivado ni se sienta obligado a hacerlo bien. Pero dejando de lado el caso concreto, la mentalidad que se percibe en mucha gente es que quieren que les den un puesto de trabajo (no conseguirlo por sus propios medios, que se lo den, que les llamen para ofrecérselo) y que no les agobien demasiado una vez allí.

Se ha instalado la idea de que los empresarios, como concepto, son seres viles que pretenden aprovecharse del trabajador honrado y que, por tanto, el estado debería obligarles a contratar gente, pagarles y pagar impuestos. Como digo, hay mucho vil en España que desea mano de obra semi-esclava (herencia de otras épocas, me temo), pero la gente ha perdido la capacidad de separar el grano de la paja: no es lo mismo el que te ofrece 300 euros en negro por 10 horas al día para despedirte en cuanto exijas los mínimos derechos, que aquél que te despide porque no has hecho tu trabajo a pesar de que tienes contrato legal, te paga un sueldo decente y te da de alta. Que no es que éste último sea una bellísima persona, simplemente hace lo que tiene obligación de hacer. Pero insisto en que eso no significa que el trabajador no tenga que cumplir su parte. Como cierre de este párrafo, creo que el problema es una falta de confianza trabajador-empresario que no tengo claro cómo se podría solucionar.

Otra renuncia que hacen los que deciden tomar las riendas de su vida es respecto a los malos momentos. Cuando te despiden (de forma legal, me refiero), no encuentras trabajo de “lo tuyo” o estás en un trabajo que te amarga la existencia o pierdes tus ahorros por malas decisiones económicas, la gente clama al estado para que les saquen las castañas del fuego. Piden que les devuelvan el trabajo o que les den otro, sin pensar que esto no es más que algo que uno se gana o no. Si no desemplearon bien sus tareas, o el resultado de su empleo era malo -no terminando a tiempo, cometiendo errores que suponen pérdidas para el empleador, o la calidad estaba por debajo de los mínimos acordados- culpan de su despido al jefe, empresario o responsable de su despido. No hay autocrítica, no hay intención de mejora. Sólo hay rabia y cabreo.

Si no encuentran trabajo de lo que quieren, ya sea porque estudiaron una carrera sin salidas o porque en ese sector no hay trabajo -piensa en la construcción, todo el mundo ganaba mucho dinero, pero ahora mismo no se construyen casas- claman al estado para que lo solucione. No se plantean que quizá cometieron un error dedicandose a algo que limitaba sus opciones. Quizá con 18 años dedicarse a la construcción con tu tío el de la empresa de reformas, era una gran idea por el dinero que se pagaba en el sector. O que estudiar esa carrera cuya salida principal es ser profesor de universidad era genial, porque adoraba el tema en cuestión. El problema es que cuando la realidad les dice a la cara que no, que por ese camino no hay futuro, reniegan de ello y claman al estado para que solucione la situación.

Yo creo que en ese momento, cuando descubres que “lo tuyo” no te va a proporcionar la vida que deseas, hay que darse cuenta de que tenemos mucha vida y muchas opciones por delante y depende de nosotros aprovecharlo. Quizá sea duro y no apetezca, pero hay que plantearse qué hay que hacer para conseguir lo que queremos. ¿Quieres tener un sueldo digno, que respeten tu trabajo y poder tener una vida decente? Pues es el momento de renunciar, de aceptar que algunas elecciones que hicimos en el pasado eran erróneas y cambiar. A lo mejor hay que comprarse algunos libros y ponerse a aprender otras cosas, o entrar en un trabajo como junior con un sueldo menor de lo que uno desearía- os puedo asegurar que ser junior con 30 años no es lo que yo esperaba, pero es el paso que tengo que dar- y re-encauzar la vida. De nada sirve quejarse amargamente, clamando al estado por su inacción frente a tu problema, porque como decía, el papel del estado no es crear empleo de la nada ni solucionar todos nuestros problemas.

No es cuestión de capitalismo o no. Es cuestión de utilidad. Si yo decido que me encantaría ser un profesional de la papiroflexia, puedo intentar vivir de ello currándomelo muchísimo, pero es absurdo exigir al gobierno de turno que solucione el problema del sector para que yo tenga un trabajo. Porque la papiroflexia no es útil. Y digo papiroflexia por no nombrar profesiones o carreras concretas y que nadie se me subleve o se lo tome como algo personal. Pero creo que se entiende lo que digo.

Conclusión

El resumen de todo esto es que debemos ser responsables de nuestras decisiones. El estado debería estar para lo que un individuo sólo no puede gestionar, como la construcción de hospitales, la educación de los ciudadanos y la seguridad (no sólo policial, sino jurídica). Cuando no realice estas tareas correctamente, tenemos todo el derecho y el deber de protestar, rebelarnos, cabrearnos… y actuar. Pero cuando lo que sale mal son los resultados de nuestras decisiones -hipotecas a 40 años, inversión en sellos para hacernos ricos, realizamos estudios superiores de “papiroflexia” y no encontramos trabajo de ello- no tenemos motivos para protestar. ¿Tenemos derecho? Claro. También tenemos derecho a quejarnos de que el sol salga por el este, pero no sólo no sirve de nada, sino que no vamos a poder cambiar la realidad.

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