Mi Camino de Santiago

El otro día, leyendo entradas del blog El Pasajero, encontré una entrada sobre el camino de Santiago. Os recomiendo la visita al blog, desde luego, pero esa entrada en particular. Yo también hice el camino y es curioso, pero pasas a formar parte de un club especial. No soy creyente y mis motivos para hacerlo fueron bien diferentes -los voy a contar, no os impacientéis-, pero eso da igual puesto que los cambios que te produce son independientes de tus motivos. Como todos los grandes viajes, nunca es como te lo imaginas y siempre descubres lo importante que ha sido tiempo después de haberlo terminado. Quizá es que los esas transformaciones operan lento y hasta que eres realmente consciente de esos cambios, ha pasado tiempo. No lo sé. Pero el caso es que venía a hablar del Camino.

Mi relación con el camino comenzó en un campamento, ya tan lejano en el tiempo que miedo me da pensarlo. Fue probablemente el mejor campamento en el que he estado y también fue el último. Era en Galicia y una de las actividades fue una inmersión cultural en torno al Camino de Santiago. Creo que no sabía nada de el hasta ese momento, pero hicimos una pequeña parte de la ruta marítima por la costa y nos dieron el paripé de la credencial del peregrino y demás. Nos atrajo a todos la idea, la aventura que parecía suponer adentrarse por los bosques del norte a pie para llegar andando de una ciudad a otra. Tras ese campamento, me hice dos promesas, cosas estas de la juventud. La primera, que me sacaría el título de monitor de tiempo libre para seguir disfrutando de una vida que me parecía mágica, que eran los campamentos de verano. La segunda, que haría el camino de Santiago. Puedo decir que, a los pocos años, cumplí ambas. Lo del tema de los campamentos lo dejaré para otro día, que tiene su cosa. Hoy sólo hablaré del segundo.

Cuando cumplí esa promesa tenía 17 años, acababa de finiquitar mi primer contrato laboral en un supermercado -un verano intenso, currando por primera vez- y tenía pasta que me quemaba en las manos. De repente, Nacho y Manu me dijeron que se iban a hacer el Camino en bici, desde León a Santiago de Compostela, para volver antes de la fiesta del PCE. Y cuando dije que me apuntaba, recuerdo que Nacho me dijo: “pues con la bici que tienes, ni de coña, que es un hierro”. Así que me fundí la pasta en una bici nueva y me uní a la aventura.

Así empezó. Fue la primera de mi vida, la primera vez en que me lanzaba a un objetivo como ese, llegar a una ciudad cientos de kilómetros de distancia únicamente por mis propios medios y sin tener muy claro cuál era exactamente el recorrido. Una de las historias más relevantes para mí de aquel viaje fue cuando me perdí. Así de chorra, así de tonto. Me descolgué de mis amigos y cuando llegué a donde debía haber un “camino de cabras”, según Nacho, me encontré con una autopista. No sabía si era por ahí y andar por la autovía me pareció de locos, así que me volví hacia atrás. En esa época no había muchos móviles, nosotros sólo llevábamos uno y no era mío, así que tuve que llamar a mi familia, que se pusieron en contacto con la familia de los otros, que les llamaban y mis colegas daban indicaciones de donde estaban. Y de vuelta la información hasta que volvía a llamar y me llegaba a mí. Estuve sólo esa tarde y esa noche, y al día siguiente me subí el O´Cebreiro andando, por el camino de a pie, que era bastante complicado para ir en bici. Y después, al llegar y encontrar a mi amigos, me hice los 70 km de etapa. Aventura y superación, podemos llamarlo.

Pero no se resume en anécdotas o aventuras puntuales. En general, todo el trayecto es especial. La gente que llegas a conocer, el ambiente general, la forma en que te tratan… porque esto último es algo que se cuida muchísimo. Llevando una mochila al hombro o en la bici, la gente te reconoce como peregrino y te saludarán, o te animarán o te ayudarán si ven que lo necesitas. Sin pedir nada a cambio, sin esperar a que tú les preguntes… de forma tan natural y sincera, que te sorprende.

Y amigos. Te cruzas con personas en albergues, posadas y altos en el camino. Hablas con ellos con una familiaridad impensable en otra situación, bromeas y les saludas como viejos amigos cuando te reencuentras jornadas más adelante; compartes las historias y aventuras de las últimas horas desde que os visteis. Y quizá ni siquiera llegues a conocer sus nombres ni ellos el tuyo. Serás el madrileño, ellos serán los murcianos, o lo que toque. Te cruzas con la gente y compartes momentos únicos que pocos entenderán puesto que son instantes, sensaciones muy concretas, sensación de aventura. Y sabes desde el primer momento que, independientemente de la cantidad de días que os crucéis, o incluso si llegáis a Santiago juntos, probablemente no os volváis a ver después. Y quizá por eso es tan intenso. Porque sólo importa el camino, la etapa, el recodo siguiente y compartirlo con los que tienes alrededor.

Desde esa primera vez, intenté hacer otra vez el camino en varias ocasiones. Hace unos años, en 2010, conseguí encontrar a un amigo que también quería hacerlo en bici y allá que nos fuimos. Esta vez me lesioné, por lo que tuve que volverme a Madrid ante la imposibilidad de llegar. Aún así, fue toda una experiencia. Siempre lo es. Quizá una de las cosas que más me han atraído del viaje es la sensación de aventura, de ponerte a prueba todo el rato. Esto no es El Último Superviviente, desde luego, pero detalles como encontrarte con un pinchazo en medio de un bosque cerrado, por un camino poco transitado y un calor del demonio hace que desarrolles habilidades interesantes de supervivencia y resolución de problemas; orientarse no siempre es fácil y cuando te pierdes en medio del monte, hay que espabilar. Lo bueno es que sabes que es casi imposible que te pase algo realmente grave, puesto que no sabes cómo llegar a tu objetivo, pero siempre puedes retroceder o desviarte hacia ese pueblo que está a unos kilómetros. Por lo tanto, puedes aprender a desarrollar estas habilidades sin estar en peligro real. Quién sabe cuando serán útiles… y desde luego es un subidón cuando solucionas la situación por ti mismo.

No debería alargarme más. En resumen, el camino de Santiago es una experiencia única. Distinto a otras cosas, debido a la larga tradición que tiene desde cientos de años atrás. No es simplemente hacer rutas de senderismo o biking durante unos días, no. Hay un halo de magia en toda la experiencia, en la gente que te encuentras a tu paso, que hace que sea una experiencia distinta. Y teniendo en cuenta que es una experiencia barata, cercana y completa, no se me ocurre ningún motivo por el que no debierais coger un mapa, una mochila, una credencial y tirar para Santiago, andando o en bici. Os aseguro que cuando lleguéis a la plaza del Obradoiro y veáis la catedral, tras días caminando con esa meta, como algo inalcanzable o muy lejano, entenderéis lo que os digo.

Como extra, si habéis hecho el Camino, os recomiendo la película de The Way. Un poco llorera, pero os entrarán ganas de volver a hacerlo.

Anuncios

5 comments

  1. Anina Anyway · noviembre 14, 2014

    Y tanto que sí… Como puedes imaginar, suscribo cada palabra. Y llevártelo contigo y tratar de retener todo lo que despierta el mayor tiempo posible y, cuando sientes que desaparece, ¡volver a empezar! Caminando o pedaleando, que también son gerundios… 😀

    • Victor · noviembre 15, 2014

      Gracias por la inspiración, por cierto! Igual coincidimos algún día en el Camino 😀

  2. Criminologa-Existencial · noviembre 17, 2014

    Cuando dices que sabes que no os volveréis a cruzar nunca.. quizás aquí es incluso más efímero que en otros viajes, pero casi todos son iguales. Conoces a gente maravillosa y desgraciadamente sabes que será la última vez que los veas, y aunque vuelvas a verlos (1 o 2 veces más en la vida con suerte) ya no será lo mismo , porque la magia de ese momento es irrepetible 😦

    • Victor · noviembre 18, 2014

      Eso es cierto. Pero no pongas carita triste! Míralo desde otro punto de vista: tuviste la suerte de compartir esos momentos con alguien que, en su vida actual, sea la que sea y donde sea, seguro que también atesora esos momentos. Ademas, en ocasiones es mejor que ocurra así, que no vuelvas a ver a esas personas con las que compartiste tanto, porque ya sabes, el momento y las circunstancias hicieron que fuese tan especial, y ese momento y circunstancias no se volverían a repetir 🙂 Como dice Sabina, “al lugar donde fuiste feliz, no debieras tratar de volver”. Un saludo.

      • Criminologa-Existencial · noviembre 18, 2014

        ya.. si tienes razón, sé que deberíamos de estar agradecidos de haber podido conocer a esas personas, aprender d ellos y compartir momentos. Últimamente he tenido que despedirme de muchas personas, de ahí la cara triste haha pero es cierto que si no hubiese sido porque era ese momento y se sabía que iba a acabar, quizás no hubiese sido tan especial!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s