Let it go

Uno de los conceptos más interesantes del libro de Leo Batuta, The One Skill (que es gratuito) es el concepto de “dejarlo ir”. Leo es el escritor detrás de zenhabits, blog que ya sabéis que suelo leer y seguir por su forma de plantearse la vida, los negocios y el trabajo. Tiene muchísimas ideas interesantes, muchas que me conquistaron según las leí y otras que me sirvieron para desarrollar las mías propias. Pero hoy me centraré en lo que es el foco central de este libro.

En esencia, ocurre que en muchas ocasiones nos aferramos a dinámicas, relaciones, personas u objetos de una forma irracional y sin medida, de forma que nos parece que eso que aferramos con tanta fuerza es fundamental en nuestra vida. Sin ello, estamos condenados al fracaso. Y llegado un momento, cuando ya no nos ofrece ningún beneficio, sino todo lo contrario, nos aferramos aún más fuerte y vamos cayendo cada vez más en dinámicas destructivas.

Creo que para ilustrar bien de qué estoy hablando, puesto que hasta ahora me he quedado en conceptos generales y vagos, voy a poner 3 ejemplos. El primero se basa en aferrarnos a objetos o posesiones materiales, el segundo cuando lo hacemos con proyectos o ideas propias y el tercero cuando lo hacemos con personas. Los tres casos me parecen hasta cierto punto, representativos, aunque es claro que viviremos situaciones menos estándar que también nos costará dejar ir.

Tus pertenencias te poseen

El ejemplo primero es un caso que vi muchas veces cuando comenzó la crisis y se basa en mantener posesiones materiales que ya, no sólo no nos ayudan o proporcionan un beneficio, sino que nos suponen una pérdida. En concreto, vi en muchas ocasiones lo siguiente: alguien que tenía un trabajo bien pagado, pero de poca cualificación, en la época de vacas gordas podía permitirse muchos lujos. Uno de ellos era un coche (sobre todo si hablamos de hombres, por lo que he podido comprobar) que tendía a ser caro y deportivo. Chicos jóvenes con pocas responsabilidades personales ganando mucho dinero que tenían BMW, Mercedes y otro tipo de coches de gama medio-alta. Cuando golpea la crisis, se quedan en paro. Tras unos meses largos buscando trabajo, se dan cuenta que ya no es tan fácil conseguir un trabajo y ganar dinero, pero siguen justificando el que no se deshagan del coche, a pesar de llevar muchos meses sin obtener ingresos. El coche es un gasto constante -y poco rentable- y eso no hace más que restarles dinero de su cuenta sin aportar nada significativo a su vida. Sólo, quizá, la comodidad y el posible status. Pero a medio plazo es inviable. Aún así, no son capaces de “dejarlo ir”, vender el coche y seguir buscando trabajo usando transporte público. El supuesto beneficio que se obtiene del coche, ya no sólo no lo proporciona, puesto que no hay trabajo al que desplazarse a diario y el estatus no se mantiene sólo con un coche, sino que solo aporta perjuicios y desventajas -gasto de dinero, preocupaciones, seguros, averías, multas… Sin embargo, cuando esa gente que he visto que les ocurría esto, deciden soltar, deciden dejarlo ir y vender el coche, es muy tarde y se encuentran en una situación más complicada de la debida por haberse aferrado a algo material. Por supuesto, el coche de este ejemplo se puede intercambiar por cualquier otro objeto material que sea un extra, o hasta cierto punto, superfluo.

Esclavo de tus ideas

Pero como ya he dicho, esto no ocurre solo con cosas. También con algo más intangible como los propios proyectos e ideas. Cuando alguien comienza a trabajar en un proyecto personal, invierte mucho esfuerzo y energías, así como tiempo, para sacarlo adelante. Muchas ilusiones también. Entonces comenzamos con unos objetivos, vamos avanzando en el trabajo, mucho o poco, pero los objetivos que teníamos se antojan cada vez más lejos y complicados. Luchamos por mantenernos en nuestra decisión, hemos invertido mucho en esto. Sin embargo, lo que empezó como un proyecto emocionante, se convierte en una obligación más que nos hemos auto-impuesto y que ya no disfrutamos. A mí personalmente, este caso me cuesta más que el anterior. Cuando comienzas un proyecto, normalmente te has hecho una idea de cómo quieres que termine, a dónde quieres llegar y el éxito que pretendes conseguir. Al menos, yo si que pienso en eso, a pesar de saber que probablemente me este dejando llevar. El caso es que cuando empiezas a ser consciente que ponerte con ello te resulta cada vez más difícil, que cada vez te cuesta más centrarte, tener ideas y sobre todo, ilusión, sueles ponerte una trampa y decir que debe ser una mala racha pero que cuando pase este mes, pasen las vacaciones, llegue el invierno… o cualquier otra excusa que pienses, entonces sí que te pondrás. En este caso, el proyecto ya ni motiva ni interesa. El único motivo por el que seguimos aferrados al proyecto y por el que lo mantenemos vivo a la fuerza es porque pensamos en las metas y objetivos que queríamos conseguir -fama, dinero, reconocimiento…- y nos olvidamos a propósito de todas las demás señales que nos dicen que hay que soltar. Es duro, pero lo mejor es reconocerlo cuanto antes para evitar el tiempo, esfuerzo y recursos que pondremos en esa idea cuando ya casi sabemos que está muerta. La liberación que obtenemos cuando lo hacemos posiblemente nos conducirá a otro proyecto mejor que el anterior, con más ganas. No malgastéis tiempo ni energías en proyectos avocados a estancarse.

El amor y dejarlo ir

El tercer ejemplo: las relaciones. Este tema es difícil. No somos racionales, desde hace un tiempo lo defiendo con más convencimiento que nunca. Y como somos irracionales, controlarnos en estas situaciones es muy difícil. Si digo que el amor no es más que instinto y evolución, algunos me tacharán de cientifista o algo así, pero ese no es el debate. Lo cierto es que en las relaciones, la razón tiene poco que ver, así que la cosa pinta más difícil que antes. Lo primero que hay que asumir cuando una relación se estropea es: 1) que lo pasaremos mal y 2) que será sólo por un tiempo, siempre que “soltemos” la relación a tiempo y nos forcemos a mirar hacia adelante. Desde luego, decirlo es muchísimo más fácil que hacerlo. Pero de la misma forma que creo que somos más irracionales de lo que pensamos y que nuestros instintos cuentan más que la lógica, también creo que nuestra fuerza de voluntad es muy fuerte. O quizá eso que llamamos voluntad sea algo relacionado con el instinto de supervivencia. El caso es que hay veces que hay que dejar las relaciones en un punto en que no están del todo rotas. Cuando parece que se puede hacer algo, cuando aún creemos que con esfuerzo, voluntad y diálogo se puede arreglar. Aquí soy cada vez más radical: la atracción no es una elección, por tanto, cuando esa atracción se extingue, poco queda por hacer. ¿Recuperar la pasión? Lo siento, si no recuperas la atracción, no se puede recuperar la pasión. Así que cuando vemos las relaciones convertirse en algo rutinario, en una dinámica de compromiso porque sí, habría que replantearse qué ocurre. O si no vemos que avance hacia donde nos gustaría, también habría que planteárselo. En realidad, es difícil que ambas personas quieran lo mismo y hay ocasiones en que una de las dos cambia, o los dos. Quizá son sus objetivos profesionales, vitales o económicos; tal vez sea que algo ha dado un vuelco a nuestra vida y nos hemos replanteado prioridades… Pueden ser muchas cosas, y muchas de ellas ajenas a nosotros, incontrolables. Los instintos lo son. Y hay una cosa que hemos de tener siempre presente: la felicidad personal no se negocia. Esto vale para nosotros mismos y para los demás, porque puede que su felicidad no esté con nosotros, por lo que sería inútil tratar de negociar. Significa que no deberíamos negarnos aquello que nos puede hacer feliz -y no hablamos de objetos materiales, sino de proyectos personales, vivencias y trabajo- y tampoco debemos aceptar aquello que nos haga infelices. Por tanto, si la relación en la que estamos no nos aporta lo que esperamos de ella, si la otra persona no está en sintonía con nuestros deseos o anhelos, hay que salir de ahí. Principalmente, porque al igual que la atracción, los sentimientos tampoco son racionales ni se pueden negociar. Si no sienten lo mismo que nosotros, si no lo ven de la misma manera, negociar solo va a llevar a prolongar la frustración, mayor sufrimiento y a una ruptura total y dolorosa. O peor: a una vida gris y sin alicientes. Lo difícil es cuando lo anterior es lo que siente la otra persona en lugar de nosotros. Aquí nos encontraremos con la parte más dura. Tendremos que entender que lo mismo que hemos explicado se aplica a la otra persona y que negociar para evitar la ruptura sólo nos llevará a sentirnos peor cuando esta finalmente se produzca. Y cuando digo negociar me refiero a lo que suele decir la gente: “arreglar las cosas”. Por mi experiencia, eso solo son parches que evitan que el barco se hunda durante un tiempo breve, genera más resentimiento y oscurece toda la dinámica entre la pareja. Soltad. Es duro, pero es la mejor opción.

Respecto a esto último, hay algo que quiero comentar que me parece importante y una fuente grave de conflicto interno, que puede desembocar en una situación como la anterior donde nos cueste abandonar una relación que ya no funciona. Es la idea de “la media naranja”. Sólo una pregunta breve sobre esta idea: si a lo largo de nuestra vida vamos cambiando, teniendo circunstancias distintas, experiencias que cambian nuestra visión de las cosas y de las personas, ¿cómo se puede pretender que en el mundo haya una media naranja, una pareja perfecta para cada uno de nosotros? Mi opinión es que hay una media naranja para cada momento de nuestra vida, en el mejor de los casos. Creo que esta idea implica que la gente que la encuentra, termina estancándose y deja de crecer como persona, por el miedo a perder a su media naranja. No será siempre así, pero es una idea peligrosa. Si alguien cree en estas ideas, tendría más difícil cambiarse de país para encontrar nuevas oportunidades profesionales, por ejemplo. O rechazar otras opciones en su vida por no dejar o alejarse de esa persona. Por eso, el resultado final me da que sería el estancamiento, en muchos de los casos.

 Conclusión

Es pocas palabras, dejar algo no es de cobardes. Ese es un consejo malísimo. A veces hay que soltar, hay que dejar marchar cosas que queríamos cuando no llevan a ningún lado. Por eso hay que intentar ser inteligente y ver las cosas con perspectiva. Hay veces que la mejor solución en dejar atrás algo para poder seguir el camino que queremos recorrer. No aferrarse a aquello conocido, aquello que nos dio satisfacción pero que ya no puede proporcionárnosla. Es difícil, pero si lo hacemos, miraremos atrás y veremos que fue la mejor decisión.

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