El Esnobismo de los que ya lo tenemos todo

Algo que siempre me ha atraído es el concepto de las dos culturas. Es un término que, si no me equivoco, acuñó C.P. Snow en su estudio homónimo que ahora mismo me estoy leyendo. Hay mucho que cortar en ese libro acerca de la separación cada vez más sangrante entre ciencias y letras; entre la apropiación de manera efectiva del término intelectual por parte de los eruditos de letras y en la actitud de superioridad que toman los eruditos de ciencias respecto a los anteriores. Un tema interesante. Pero lo que me llamó la atención es cuando habla de la revolución industrial y de los luditas. Es decir, anti-tecnólogos que resulta se encontraban entre los intelectuales (de letras y de ciencias) en la época de la revolución industrial inglesa, que despreciaban la tecnología como algo de baja estofa, propio de trabajadores no cualificados. Al fin y al cabo, lo que me parece es que era cómodo despreciar la nueva tecnología para ellos mientras se aprovechaban de sus avances.

Creo que es algo que también pasa ahora mismo. Mucha gente desprecia la tecnología. Mucha otra desprecia la ciencia misma -aunque en el caso que comenta Snow, los científicos mismos despreciaban aquello llamado “ciencia aplicada”- pero todos tienen en común la hipocresía de discurso de quién critica algo como inútil, innecesario o sin valor, mientras se aprovecha de sus ventajas. En muchas ocasiones, este doble discurso viene dado por un motivo muy sencillo: la ignorancia. Esta ignorancia provoca que la misma gente que critica un avance científico o una tecnología, no sea consciente de cómo afecta a su vida. Un ejemplo paradigmático son las vacunas y los movimientos en contra de ellas. La gente que no vacuna a sus hijos y utiliza como prueba el que no enfermen, desconoce -por ignorancia irresponsable- que si sus hijos siguen a salvo es por algo llamado “inmunidad de grupo” que les permite mantener sus tonterías si consecuencias evidentes. Claro que ciertas enfermedades están volviendo a aparecer gracias a esta panda de gilipollas.

Esta actitud se encuentra también con los que critican sin piedad la industria agroalimentaria y su seguridad, o los transgénicos como tecnología, basándose en mitos y mentiras en muchos casos. Mientras en este caso, al menos, hay ciertas críticas que bien habría que tener en cuenta, lo que tienen en común lo comentado por Snow y los distintos grupos que acabo de mencionar es una cosa: critican desde una posición en la que se benefician de las ventajas de esos sistemas que critican, mientras sólo ven los aspectos negativos. Cuando uno tiene las necesidades básicas cubiertas es muy sencillo gritar que le están envenenando porque usan un conservante artificial en el yogur que consume; es fácil decir que la industria busca su beneficio -coño, ni que fuese una ONG- a costa de la salud de los clientes cuando tenemos asegurada la comida cada día, cuando compramos en supermercados los mangos que nos hacen falta en mitad del invierno, porque la huerta ecológica no los produce en ese momento; cuando conseguir comida es una cuestión de acercarse a la esquina.

En el fondo, el ludismo no es más que un miedo irracional hacia algo que se desconoce. Renegar de la tecnología y de la sociedad actual a través de tu Facebook es tremendamente sencillo y absurdo. Hace no mucho, en un debate sobre un tema distinto, un amigo me pedía que le dijese nombres de alguien que se hubiese hecho millonario sin aplastar a otras personas por el camino. Uno de los muchos ejemplos que encontré fue el de los dos programadores de Super Meat Boy, un juego que vendió millones de copias en su día de lanzamiento y que realizaron ellos solos. La respuesta fue que como hacía falta usar un ordenador para jugar a ese juego, estaban aplastando de forma indirecta a esa gente de África que se encuentra envuelta en la guerra del coltán. Aparte de ser un non-sequitur -la gente tiene ordenadores y es entonces cuando se compra o no el juego, no es al revés- todo esto me lo escribía en Facebook. Con su ordenador. Fue un lapsus, estoy seguro. Pero la esencia del ludismo y de la actitud antitecnóloga y anticientífica es esa: desconocimiento y miedo a ese desconocido, todo ello desde un mundo con las ventajas que ofrece aquello que se odia. Despotricar del capitalismo en Facebook y criticar a quiénes lo usan; desbarrar sobre lo criminal que resulta apoyar la guerra de coltán en África y lo malos que somos por comprar tablets que llevan coltán, y publicarlo en un blog usando un ordenador. Negarse a las vacunas o boicotear plantaciones de transgénicos experimentales desde una sociedad en la que gracias a ellos, tenemos una seguridad vital bastante alta.

Es decir, negar a otros los posibles avances que las nuevas tecnologías pueden plantear sólo porque hay cosas que no entendemos o que pueden ser mal usadas, todo ello desde una posición en la que esos avances no supondrán un cambio drástico en nuestra vida para mejor, porque ya vivimos muy bien. Pero que pueden mejorar la vida de otros que no tienen la ventaja de vivir en nuestra situación.

Un último asunto que comenta el libro de Snow y que aún no he terminado de leer es la cuestión de perder el tren de esa nueva tecnología por renunciar a ella. Esto es, si nuestra sociedad, por miedo a un mal uso, decide renunciar a esa tecnología o conocimiento en lugar de intentar regularlo y aprovechar sus ventajas, otros lo harán. Y eventualmente, provocará la pérdida de esa situación de confort en la que se vive. C.P. Snow habla de cómo habiendo dejado de lado la ciencia aplicada, Inglaterra estaba perdiendo la capacidad de generar nuevas aplicaciones y obtener beneficios por ello, siendo otros países quienes lo desarrollaban y vendían, perdiendo competitividad. Un ejemplo claro de esto es la prohibición y todas las trabas que se ponen en Europa a la investigación y comercialización de transgénicos, cediendo un poder tecnológico inmenso a E.E.U.U. que sigue desarrollando nueva tecnología al respecto. Y no nos equivoquemos, es una cuestión de proteccionismo respecto a la industria no transgénica, que ni siquiera es proteccionismo con el agricultor puesto que, guste o no, prefiere transgénicos por la mejor eficiencia que proporciona. Pero bueno, ese es un debate más profundo que quizá dejamos para otro día -o para J.M. Mulet-.

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