Las presiones y los cambios

Cuando se trata de éxito, se suele ver en formato binario: vida normal versus vida de éxito. Cuando se habla de emprendedores, de personas que han tenido éxito en su profesión o en su vida, se narran las diferentes situaciones y anécdotas que les llevaron a su destino. Aquellas historias sobre cómo se sobrepusieron a las dificultades y en el momento de sacar adelante su proyecto lucharon contra la adversidad, sabiendo que iban a triunfar. No suena mal, al fin y al cabo, cuando Jobs, por ejemplo, estaba con Wozniak en su garaje ultimando los detalles de su Apple en su caja de madera, todos sabemos que iba a triunfar. Cuando ya tenían el ordenador y simplemente tenían que conseguir venderlo y darlo a conocer. Parece una etapa en la que simplemente hay que seguir intentándolo porque claramente va a triunfar.

Pero la realidad es otra. Cuando estaban en esa etapa, vivirían en un mar de dudas, de indecisiones: ¿sería el producto suficientemente bueno? ¿no estarían demasiado confiados en algo que en realidad nadie querría? Hasta el momento de comenzar a venderlo con éxito, no sabrían si estaban simplemente perdiendo el tiempo. Es complicado hablar de esos momentos de duda en los que quien quiere comenzar con una idea teme el fracaso. El esfuerzo dedicado a algo que parece bueno pero que no termina de despegar. ¿Es debido a que está condenado a fracasar o a que aún le falta un poco más de tiempo o trabajo? ¿Merece la pena seguir intentándolo o es tirar el tiempo y el esfuerzo a la basura? Son las dudas más comunes. La indecisión, la duda y la sensación de no saber si hemos perdido el rumbo.

Eso sin tener en cuenta la incomprensión generalizada de la gente que te rodea, familiares y amigos. Esos que te miran como el friki que se dedica a jugar con maquetitas de aviones. “Si, muy bonito, es muy bonito este hobby tuyo”. Es una frase común, una especie de conjuro para intentar quitarte la idea de la cabeza, para que no olvides que eso que haces no vale nada ni lo valdrá. Si luego tienes éxito, ya dirán que siempre supieron que triunfarías. Pero hasta entonces, te dejan bien claro que ese juguetito tuyo ha de quedarse donde pertenece: en el cajón de los caprichos y las aficiones para el tiempo que no estés trabajando.

No olvides que un trabajo es lo que te da de comer y que un trabajo no tiene que gustarte” son las frases más comunes de aquellos que viven aterrados de fallar; aquellos que miran con incredulidad a alguien que tiene una meta distinta al estudia, trabaja, compra una casa, familia y jubílate para por fin vivir tu vida. Has de seguir el script establecido, los pasos que tocan. Si intentas salirte de ahí y pretendes hacer algo distinto, algo que te guste o que te merezca la pena el esfuerzo, no pararán de tirar tus esfuerzos por tierra restándoles importancia. Como si necesitasen convencerte que esa parte de tu vida, ese proyecto, ha de pertenecer al cajón de los caprichos y tonterías. Al mismo lugar de las aficiones, aquellas como jugar a videojuegos, ver películas o escuchar música. No se te ocurra decir que tu idea es llegar a ganar dinero con ello. La reacción será inmediata, te sepultarán con razones por las que tu idea es una locura propia de niños y de inmaduros, motivos por los que deberías dejarte de experimentos y tonterías y dejar de colorear tu vida con cosas que te llenan de pasión. Mejor vivir en blanco y negro, aceptar una rutina que te vacía por dentro que intentar hacer cosas distintas.

Son épocas difíciles: intentas aprender nuevas cosas, intentas mejorar en facetas de tu vida que van mal o que no te parece suficiente; intentas superarte y ser mejor; intentas sacar adelante proyectos que te hacen levantarte a las 6 de la mañana cada día. Y te enfrentas con la barrera de gente que pretende convencerte que no has de hacerlo, salvo que sea como hobby; de gente que te recuerda que puedes fracasar, que fracasarás de hecho; de gente que intenta convencerte que la vida gris y rutinaria que ellos han elegido es mejor, no hay riesgo ni fracaso. Aunque tampoco hay éxito, ni brillantez, ni emoción. Así que uno se va encontrando sólo, dejando atrás personas que ya no aportan, sino que restan. Ese momento probablemente no aparezca en ninguna biografía de éxito, pero es precisamente lo que hace tan difícil seguir adelante.

Sin embargo, prefiero fracasar a quedarme sentado. Fracasar antes de perder todas las tardes mirando la tele, leyendo novelas o con la mirada perdida en algún rincón. Dejar de perseguir los proyectos que nos motivan porque otros tienen miedo a fracasar y no quieren ver a nadie salirse del guión -para no visualizar la realidad, que es que siempre hay que intentarlo- es un error.

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