En medio de la crisis del coronavirus (COVID-19 para los lectores del futuro) releyendo un libro poco conocido pero probablemente de los verdaderamente buenos de autoayuda… de algún tipo.
Como ha cambiado tu vida con el coronavirus y el estado de emergencia? Por primera vez en la vida has tenido teletrabajo mas de un dia seguido? O tal vez vacaciones inesperadas… Mi vida diaria ha cambiado prácticamente nada, aparte de no tener gimnasios abiertos o actividades fuera de casa. Porque desde hace meses trabajo de forma remota. Pero esta entrada no trata de lo genial que es esto, sino de los sucesos y decisiones que me han llevado a tener estas condiciones de trabajo y de vida.
Estaba releyendo el libro que menciono al principio, The Connection Algorithm. Un libro muy interesante que quizá es producto de los tiempos que vivimos, por lo que seguramente no será un clásico que pase la prueba del tiempo. Pero las vidas humanas no se miden por épocas, sino por décadas. Es un libro de autoayuda en el sentido en que puede serlo 12 Reglas para la Vida: no se trata de ideas y conceptos de patio de colegio, con clasificaciones de personas según personajes de algún cuento ni ideas simplistas y con poca profundidad. Es un libro sobre como orientar la vida propia en el contexto en que nos movemos hoy en día, en la realidad que habitamos. Pero planteando ideas profundas sobre cómo enfocar nuestras decisiones y el camino que tomamos.
Y leyendo estaba cuando me he visto obligado a escribir esto, si quería dormir un poco al menos. Cómo he llegado al punto en que mi vida apenas se ve afectada por un estado de emergencia? Qué decisiones he tomado y, sobre todo, en base a qué criterios, que me han llevado a tener un trabajo que me encanta, remoto y que me permite compaginar deporte diario, cocinar mi propia comida, hacer las tareas típicas de la vida y tener más tiempo libre que energía para usarlo completamente?
Esta idea se insinúa en el libro desde la introducción pero se especifica bien pronto: toma las decisiones en base a lo que te apasiona o te atrae irresistiblemente. Dicho así, puede ser cualquier cosa, incluso las opuestas a las que el libro recomienda. Para aclararlo mejor, la idea es tomar las decisiones en base a lo que te apasiona. Esta regla no lleva necesariamente a un trabajo remoto, bien pagado y con cientos de horas de tiempo liberado. Pero sí tiende a llevar a una vida que no amarga, una vida en la que levantarse un lunes por la mañana no se siente como una pesada losa, como la marca de Sísifo indicando que hay que empezar de nuevo el proceso de empujar la roca colina arriba solo para llegar al breve momento de felicidad momentánea del fin de semana antes de volver a empezar.
Creo que el error principal que asumimos en la sociedad actual es que el trabajo, la principal obligación humana que lleva más tiempo, ha de ser desagradable, o aburrido, o desesperante. Y que por eso el fin de semana, o las vacaciones, son la recompensa que nos hemos ganado. Como el preso que por sus servicios en la cárcel, o su trabajo en la misma, se gana un pase de un día. Y como comenta el libro (y otros autores modernos en este tipo de literatura) es un error que solo lleva a la infelicidad permanente. A la espera eterna de esa esquiva felicidad momentánea, de ese viaje de una semana donde damos rienda suelta a nuestros deseos más superficiales, sin disfrutarlos realmente puesto que en poco tiempo estamos más cerca de la vuelta. Esos últimos días de vacaciones, como un domingo con muchas horas, donde aún somos «libres» y podemos hacer lo que nos plazca, pero no lo disfrutamos porque notamos como se nos va de los dedos a medida que se acerca la medianoche.
Como sabréis, si habéis leído algún libro de autoayuda y de los que prometen la felicidad con «positive thinking», el camino ha de ser lo que se disfruta. Pero no porque uno decida que ese trabajo aburrido que no nos interesa en absoluto, que sentimos que es innecesario, es realmente interesante. Ahí es donde fallan esos gurús. La clave no es decidir con mucha fuerza de voluntad y tesón que la vida que tenemos es la que queremos. La clave es ir construyendo la vida que realmente queremos con las decisiones que tomamos. Incluso, y esto es lo difícil, haciendo sacrificios a corto o medio plazo con el fin de enfocarnos a nuestro objetivo a largo plazo.
Sin embargo, es difícil. Muchos dirán que es difícil saber qué le apasiona a una persona, incluso para ella misma. Me atrevo a afirmar que esto no es cierto. Solo hay que ver qué es lo que hace esa persona en su tiempo libre, a qué actividades suele dedicarse o qué cosas le hacen concentrarse hasta perder la noción del tiempo. Incluso si alguien solo dedica su tiempo libre a jugar videojuegos, puesto que seguramente un trabajo en diseño, guión, programación o incluso producción de videojuegos sea algo que le haga levantarse con ganas de comenzar un lunes. Sí puede ser cierto que lo complicado es encontrar el modo de que alguien pague por algo que me apasiona hacer, en ocasiones, tendrá que estar relacionado, como en el caso de los videojuegos. Pero ese no es, en mi opinión, el mayor reto a que se enfrenta una persona que se siente infeliz o atascada en su vida, sin ver una salida.
El mayor desafío es enfrentarse al miedo. A la zona de comfort, salir de la Zona Gris o, como la llama el autor del libro, Zombieland.
Como Salir de la Zona Gris
Una vida segura, con rutinas, con un trabajo de 8 a 3 que no es muy terrible. No hay mucho estrés, deja algo de tiempo libre para deportes y aficiones y, en muchas ocasiones, hay tan poco que hacer que podía leer o estudiar lo que me apeteciese. En esa situación estaba yo hace 7 años. No hay un motivo por el que dejarlo, mi salud no peligraba puesto que no había presión y tenía más tiempo libre que la mayoría de gente que conocía entonces. Además, tenía asegurado otro año más en el que formarme y estudiar con todo ese tiempo libre, para conseguir el siguiente.
Sin embargo, recuerdo ese año como si hubiese sido solo un mes pero muy largo. Interminable. Aparte de los partidos y entrenamientos con el equipo de rugby, no recuerdo nada especial de ese periodo, nada reseñable. Porque no hubo nada. Simplemente me dejaba llevar. Y los lunes eran horribles, pero nada fuera de lo habitual.
Y ese era y es el problema de estas situaciones. Nada está especialmente mal, pero nada está bien. Mi experiencia es que cuando llego a ese punto, ese aburrimiento, ese dejarme llevar infecta todas las facetas de mi vida. Con tanto tiempo libre, apenas estudiaba o leía, quitando el rugby, el resto de la semana volvía a casa del trabajo y no hacía mucho más que lo imprescindible para seguir con la rutina. Y creo que esa es la trampa: acababa sintiéndome en una rueda de hámster, sin objetivo ni destino a la vista, esperando que llegase el fin de semana para jugar el partido correspondiente (el mejor momento de toda la semana) y salir de fiesta con amigos. Sin más objetivo que «olvidar» el resto de la semana. Y por eso los lunes son horribles, porque es una señal alta y clara de que no hay metas ni objetivos marcados. Así que, más aterrorizado de lo que era capaz de admitir en aquél momento, me monté en un avión y me marché a otro país. Pero de eso ya hablé aquí.
La clave era que escapé de la zona Gris, no por falta de miedo, sino por negarle el poder de tomar las decisiones. Quizá fuese más que no veía un futuro muy prometedor, pero las historias se cuentan desde el presente recordando el pasado.
Lo que quiero decir es que esa idea, tomar decisiones no en base a la seguridad a corto plazo, al «sentido común», sino a ese escozor interno, esa desazón que te dice cada día, en momentos inesperados, que esto no está bien. Que hay que hacer algo. Aunque el miedo a la incertidumbre y, sobre todo, al fracaso, se oyen más fuerte.
Esto me lleva al momento en que decidí saltar otra vez y que me llevó a hoy, a un trabajo remoto y un estilo de vida que aún estoy aprendiendo a usar en todas sus posibilidades. Desde que llegué a este país, he cambiado de trabajo varias veces. En ocasiones, despidiéndome de un trabajo sin tener otro en el que aterrizar (aunque estando el paro en niveles absurdamente bajos, no es algo muy atrevido) al darme cuenta que había aprendido todo lo que me interesaba, y solo quedaba lo aburrido, lo gris. Sin embargo, el último salto si fue desde una posición muy parecida a la que me trajo a este país.
Me surgió la oportunidad de ser contratado como independiente, como autónomo, para una startup de tecnología que quería tener presencia en Europa. Buen sueldo y mucha más libertad horaria que nunca (casi full-remote), pero teniendo que declararme contractor, con lo cual adiós a indemnización por despido, diferentes impuestos y sobre todo, incertidumbre sobre el futuro de la empresa. No fui el único que recibió oportunidades similares por parte de alguna otra empresa del estilo. Pero solo dos aceptamos el riesgo.
Y ha salido muy bien, para ambos en empresas diferentes. Podría no haber sido así. Y aún así, estoy convencido que habría sido la decisión correcta. Un intento de conseguir que la vida sea interesante de lunes a domingo es aceptar desafíos, no solo en lo profesional. Y fracasar en ellos es una posibilidad, mayor cuanto mayor es el desafío. Pero defiendo que lo importante, salga como salga la aventura en cada caso, es que siempre se crece, se mejora o se aprende.
Outlier
En el momento en que mi colega y yo tomamos la decisión de marcharnos, de aceptar las respectivas oportunidades, nos enfrentamos a una reacción bastante desconcertante en su momento por parte de el resto de compañeros. Al comentárselo, esperaba algún comentario como «es una locura» o «piénsatelo bien», pero poco más. Lo que ocurrió es que muchos de ellos dedicaron tiempo y momentos de café para razonar, justificar y convencernos de que, en realidad, no estábamos tomando una buena decisión. Los argumentos no eran muy sólidos, en cualquier caso, cosas como que iba a ser difícil encontrar otra empresa con gente tan maja y con tan buen rollo como los que había en esa en particular. También que las startups y empresas tecnológicas solían despedir a gente sin previo aviso de un día para otro, o que en realidad ya estábamos en una empresa que hacía cosas de tecnología muy interesantes y, encima, con gran seguridad laboral y condiciones excelentes.
Ninguno se sus argumentos resultaba razonable para mí. Que la gente sea maja en una empresa es un extra, pero yo no voy 8 horas todos los días a una oficina para hacer amigos. Voy por el sueldo a fin de mes o, posteriormente, por el interés en el trabajo en particular. Aunque está bien encontrar gente con quién desarrollar amistades en el trabajo, no es un motivo para anclarse a uno que te quita la vitalidad a base de aburrimiento. Ser despedido de un día para otro? Es un riesgo, pero con el bajo paro que había, no era un problema encontrar trabajos (aquí la suerte de que esta fuese la situación, jugó también su papel, desde luego).
Y lo de la tecnología innovadora de la empresa? Cierto, pero ese tipo de proyectos eran externos. El nuestro era pulir detalles del trabajo interesante que hacían otros. La conclusión que se puede sacar de estos argumentos era que tenían miedo de intentar encontrar algo mejor, un trabajo donde ellos hiciesen la parte interesante, por si fracasaban. También tenían miedo al cambio.
Y por qué eso les haría intentar convencernos de que no era una buena idea? de que estábamos cometiendo un error? Porque no les interesaba convencernos a nosotros, sino a ellos mismos. Según fui descubriendo, muchos de ellos debían sentirse como me sentía yo, frustrados por un trabajo que apenas les ocupaba 3 horas de las 8 que había que estar en la oficina. Una realidad que contradecía la imagen que se proyectaban a ellos mismos, de tener un trabajo interesante, de ser un profesional haciendo cosas interesantes y apasionantes. Y estábamos diciéndoles a la cara que preferíamos asumir todos esos riesgos, sumado el del fracaso si no estábamos a la altura del nuevo trabajo, que seguir engañándonos cada día, convenciéndonos que todo iba bien. Ese era nuestra razón: el trabajo allí era aburrido, vacío de interés. El problema era que ellos sentían lo mismo. Es decir, su pasión y sus intereses no coincidían con lo que hacían la mayor parte del tiempo.
Así que nos convertimos en outliers, extraños y, hasta cierto punto, molestos. Hasta el momento de marchar por última vez, y tras esas conversaciones de motivos y razones, ninguno volvió a sacar el tema. Dos meses sin volver a mencionar el tema y, en ocasiones, evitándonos en la oficina. No por estar enemistados, sino por evitar mirar de frente al elefante en la habitación: que ellos no estaban siquiera abiertos a nuevas oportunidades por miedo al fracaso.
Hay una puerta, una oportunidad que se abre de salir de un trabajo o una vida que te mata día a día. Pero para encontrarla, primero hay que mirarse al espejo y saber si estamos donde queremos estar. Si la respuesta es no, hay que encontrar la respuesta a «donde quiero estar, qué quiero hacer». Y luego buscar puertas de salida. Aparecerán incluso donde antes no las veías.
Ya es un poco tarde y he soltado mi pildorita de «autoayuda barata». Yo me puedo ir a dormir tranquilo. Y tu, si es que hay alguien ahí, deberías considerar leer el libro. The Connection Algorithm. Quizá no te cambie nada, ni te parezca interesante. En ese caso, tal vez no lo necesitabas en primer lugar. Pero como reza el nombre de este blog, fracasar no es lo peor que puede pasar.